La cada vez mayor trascendencia social de los programas de mensajería instántea, las redes sociales y todo ese mundo casi “mágico” que llena cada día la vida de millones de personas por todo el mundo, ha traído consigo muchas ventajas y una nueva forma de relacionarse entre los miembros de la sociedad.
Sería un largo y duro debate el analizar si las ventajas son mayores que lo inconvenientes, pero lo cierto es que en cualquier caso no se puede ni debe negar la importancia que para muchos usuarios tienen los momentos en los que están utilizando los programas tipo messenger o las redes sociales para entrar en contacto con amigos y conocidos.
De hecho, cada vez es más frecuente encontrar personas que tienen su vida casi centralizada en Facebook, Twitter y demás, utilizando dichos recursos para quedar, comunicarse, estar en contacto y en ocasiones ( algo más peliguado) vivir.
Es por ello por lo que cada acontecimiento que afecte a este tipo de programas y portales, es un acontecimiento que afecta a millones de personas en todo el mundo. Una caída, un ataque o un mal funcionamiento puede arruinar en un sentido mucho más serio del que cabría esperarse, la vida de una persona o ponerla en una situación muy compleja.
¿Cúantos de nosotros no sabríamos como pasar la noche si se cayera el Messenger? ¿Cúantos no sabríamos qué hacer en el trabajo en los “tiempos muertos” si Facebook desapareciera? ¿Cuántos perderíamos el contacto con amigos, familiares y demás si estos programas no existieran de repente?
No es motivo de este artículo analizar si esto es positivo o negativo, y si deberíamos depender menos a nivel social y de ocio de este tipo de programas y portales… pero lo cierto es que recientes acontecimientos (virús, caídas, malos funcionamientos y demás) de este tipo de programas ha despertado la inquietud en muchos estudiosos de las relaciones sociales.
¿Qué pasaría si Facebook y el Messenger no funcionaran mañana?